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martes, 22 de noviembre de 2011

El Paso


La ciudad se ha convertido en nuestro lugar favorito, las grandes avenidas flanqueadas de árboles constituyen el lugar perfecto para parapetarse y esperar el paso de los hombres  que, apenas sin mirarse, deambulan de un lado a otro; a pesar de ello preferimos los pasos de peatones. Allí la muchedumbre no se mira, su vista esta puesta en la señal verde del semáforo. Cuando ésta se ilumina, por un breve espacio de tiempo, los peatones de ambos lados se reúnen ordenados a derecha e izquierda en las franjas blancas marcadas en la calzada. El momento propicio para esperarlos es la ida y regreso a sus lugares de trabajo.
Nuestro odio hacia ellos es tan grande que incluso alguno de nosotros se ha atrevido a bajar al subterráneo, allí, en el metro, el festín es seguro; sólo tenemos que  perder el miedo a introducirnos en la tierra. Podría pensarse que somos malvados, pero no es así, simplemente hemos aprendido de ellos.
Recuerdo mi primer viaje hacia el sur. Me habían dicho que lo mejor, para no perdernos era seguir la ruta de siempre. No llevábamos ningún navegador, tampoco nos hacía falta, nuestro instinto no permitía errores, debíamos cruzar la montaña pasando por aquel maldito puerto. Eran las siete de la mañana cuando un grupo de  veinte nos dispusimos a cruzar aquel paso obligado. Allí  nos esperaban, parapetados entre los arbustos, cinco hombres dispuestos a disparar contra nosotros. La carnicería fue inmensa, murieron catorce del grupo. Los seis restantes, casi sin aliento, cruzamos la montaña y refugiados en las laderas del sur decidimos que todo debería de cambiar. Nuestra población había mermado peligrosamente; no podíamos permanecer impasibles ante las matanzas indiscriminadas a las que nos sometían. No teníamos armas, ni plan predefinido pero aquello debería acabar.
Mi rencor hacia aquellos hombres hizo que el resto del grupo me aclamara en su jefe. Sólo había que copiar de sus matanzas… Haríamos exactamente eso, les aniquilaríamos en aquellos lugares de paso obligado, allí no podíamos fallar. No necesitábamos sus aviones, teníamos el mejor transporte aéreo del mundo.
Las primeras matanzas fueron fáciles, después hubo que perfeccionar nuestras técnicas; ellos lo único que pudieron hacer fue destruir todos los ejemplares de la película Los Pájaros, se había convertido en el film más terrorífico que podían haber imaginado, ahora tienen encima de sus cabezas a miles de enemigos dispuestos a matarles a picotazos.