Clavó su vista en aquella hoja arrancada de un cuaderno. No había nada escrito, tan solo cuadrados con un fino borde de color azul. Los de los márgenes, fronterizos en tierra de nadie, la guillotina los había convertido en rectángulos, el resto eran perfectos. Estaban ahí esperando a que alguien pusiese tinta sobre ellos. Minuciosamente los contó, había 912, uniformes y vacíos.
Impulsivamente buscó un bolígrafo y se puso a escribir en aquella hoja desnuda.
Marcela, se que ya no estás a mi lado, pero aún te sigo queriendo.
Luciano
No había tiempo para escribir más, aquel día debería llegar puntual al trabajo.
- A buenas horas mangas verdes. – Le dijo Teresa, mientras limpiaba el que iba a ser su nuevo despacho.
- ¡ Buenos días!
No se atrevió a hablar más con ella, él era ahora el jefe de personal laboral, y debía mantener las distancias con quién ahora ya no era su compañera trabajo.
La mesa estaba vacía, el Jefe de Sección llegaría a las 8.35. Durante diez años le había limpiado los cristales de su despacho, era puntual. Y si alguna vez llegaba tarde, se volvía inaguantable.
Saco la hoja doblada y la puso encima de la mesa. El cuadrado central hacía el número 456, se encontraba justo debajo de te sigo queriendo.
Pensó en él, en las probabilidades de que nadie escribiera nada encima. Su existencia consistía en pasar desapercibido, libre de de palabras. Si tuviera vida, sería feliz.
- Pérez, ya veo que se ha instalado en su nuevo despacho. Hemos pensado en que este es un buen puesto de trabajo, para el año que le queda hasta que se jubile.
Agradeciéndoselo, Luciano guardó la hoja en su bolsillo. Furtivamente miró hacia la calle queriendo encontrar a Marcela. Tendré que mandar limpiar este cristal. –Pensó.
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