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martes, 6 de diciembre de 2011

Mandarina


Tan solo dijo dos palabras, no esperaba respuesta de ellas, sabía que el deseo que expresaban no se iba a cumplir. Teresa con los ojos vidriosos dijo a su marido no tardes. Él no contestó, ni siquiera la miró a la cara, estaba avergonzado. Recogió su chaqueta y salió de la casa. Eran las once de la noche. Teresa sabía que otra vez no iba a dormir con ella. Maldita mujer. – Pensó.
 Ricardo no podía ser malo, aquella mujer que se lo había robado, era una arpía. De ella solamente conocía el perfume impregnado en el cuerpo y la ropa de su marido: mandarina. La obsesión por recuperar a aquel hombre la había desarrollado el sentido del olfato de tal manera, que era capaz de hallar cualquier olor, excepto uno, se estaba volviendo loca. No lograba encontrar aquel que envolvía a su esposo cuando regresaba de madrugada. Lo único que le quedaba era un olor de otra mujer y un marido que ya no la amaba.
Eran las cuatro de la madrugada, ella estaba despierta, siempre lo hacía. El maldito olor a mandarina se coló por la puerta del dormitorio. Teresa se  tragó las lágrimas, no  quería estar triste, debía competir con aquella bruja.  ¿Qué le dará ella? Era la pregunta que constantemente se  hacía a si misma.
-          ¿Dónde has estado? – Le dijo.
-          Por ahí. – Contestó Ricardo  a la vez que la daba un beso en el cuello.
No podía soportarlo; ya no sentía sus besos, sólo podía oler a mandarina. Teresa continuó su ritual, esperó a que Ricardo se quedara dormido para llorar. Deseaba con locura que sus lágrimas estuvieran impregnadas de olor a mandarina.