Eras la estrella de las oficinas, no
había ninguna que no se preciara de tenerte entre los útiles de escritorio. Si
el escribiente tecleaba una expresión o palabra incorrecta, allí estabas tú
tapándolo con tu escobilla y el blanco del papel volvía a resurgir.
Pásame el bote de Tipex, se decían unos a otros. Tan solo hacía falta un
buen lanzamiento y el de la mesa de enfrente te recogía pensando que era el
mejor portero del mundo. Dabas una pincelada sobre error cometido, y con ella
lograbas que la tranquilidad volviera al oficinista.
Recuerdas a Don Mariano, o don
Perfecto, como le llamabas, aquel jefe quisquilloso, que no quería que le
presentaran documentos rectificados. ¡Cómo si él nunca se equivocara! Un día te
arrojó a la papelera, menos mal que en cuanto se fue a su despacho, Beatriz te
recogió y te puso escondido detrás de la olivetti. Había otras personas
trabajando, nunca te interesaron, eras propiedad ella.
Hace veinte años de aquel fatídico
día en el que don Perfecto decidió modernizar la empresa, sustituyendo las
viejas máquinas de escribir por ordenadores. Un ordenanza te recogió y te metió
en el archivo. Esa ha sido tu casa durante todo ese tiempo. Desde allí en lo
alto de una estantería, y detrás de la vieja máquina de escribir, has visto
como se archivan documentos impecablemente redactados, ya no tienen faltas de
ortografía. Los escribientes, ahora se les llama administrativos, a ti te
gusta más la antigua denominación, ya no ponen en limpio lo que dicta el
jefe. El ordenador se lo da todo hecho. Hasta parece que el corrector
ortográfico, les ha elevado en nivel de conocimiento de la lengua.
Entre los legajos pudiste ver el día
en el que don Mariano, (aquí dejó de ser don Perfecto), le declaraba su amor a
Beatriz. Estuviste a punto de dar un brinco y saltar sobre el jefe para
borrar aquellas frases que le salían torpemente de su boca: te quiero, eres la mujer de mi vida.
Tú sabías que aquello no era cierto, el jefe estaba casado y no tenía interés
en dejar a su esposa. Sin embargo, tu escribiente favorita quedó atrapada
por sus mentiras. ¿O fue el miedo a perder su empleo? Piensas que tal vez aquel
arrebato fueran los celos.
Desde tu escondite detrás de la
olivetti, has podido ver cómo ella ha cambiado, la joven alegre, se ha convertido
en malhumorada. Piensas que puede ser debido a su hija, que está en plena
adolescencia.
Hoy escuchas como don Mariano, a
punto de jubilarse, le decía a Beatriz que buscara un antiguo criptógrafo en el
archivo. Revolviendo legajos y legajos, se topó contigo. Lleno de polvo, tu
líquido se ha secado; sin embargo le has devuelto una sonrisa a tu
escribiente favorita. Allí estabas tú, Monsieur
Tipex, como te gustaba que te
llamaran.
3 comentarios:
Muy bueno,me ha gustado mucho, sigue así.Tienes talento para esto.
Muy bueno, me ha gustado mucho, sigue así. Tienes talento para esto.
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