Quién creías que era tu amigo, aquel día
dejó de serlo. De la tierra brotaron los odios y las venganzas, de tal forma
que ya no podías esperar nada de nadie. Quién podría imaginar que en
aquel pueblo en el que todo el mundo se conocía, sus escasos cien habitantes se
convertirían en tus enemigos mortales. Todos estaban contra mi, y a la vez
desconfiaban entre ellos.
Aquella mañana, fiel a mi costumbre, me
dirigí al único bar del pueblo; y como siempre, Atilano, el hijo del dueño,
cuando me veía flanquear la puerta, volvía su vista hacia la botella de
aguardiente.
- ¿Cómo van los fréjoles, Raimundo?.- Me dijo
poniéndome la copa en la barra.
- Ya se encarga mi padre de ellos.
Ambos teníamos veinte años, y nuestro
presente y futuro era una inagotable cantera de granito. Nunca habíamos viajado
más allá de Valseca, la capital de la comarca. Nos casaríamos con alguna
mujer de un pueblo cercano y viviríamos como nuestros padres en el pueblo que
nos vio nacer. Los fréjoles de la huerta marcaban el ciclo de nuestras vidas.
Nunca ocurría nada, tampoco lo necesitábamos.
El rostro de mi madre hablabó por sí solo,
entró en el bar corriendo y con voz ahogada me tiró del brazo hacia la puerta y
me dijo:
- Hijo tienes que marcharte.
- ¿Qué pasa?
- Han matado a Juana.
Lo había dicho todo, no hacían falta más
explicaciones. No necesitaba saber más, debía irme.
Con el paso del tiempo pude experimentar
que el amor de una persona adulta no tiene parangón. Lo que ella, a sus
cuarenta y cinco años me ofreció, mi juventud lo despreció. Su sinceridad
se enfrentó a mi irresponsabilidad. La desprecié y la amé al mismo tiempo.
Todo el dinero de mis padres sirvió para
llevarme a Lisboa. Allí ví por primera vez el mar, que sustituyó una cárcel por
un exilio de cincuenta años.
Durante este tiempo vivido entre Buenos
Aires y Mendoza, Atilano ha sido mi única fuente de información. A través de él
supe de la muerte de mis padres y de los suyos. Me contó que se había casado
con Dorotea, su primera y única novia. De sus dos hijos y de tantas otras
cosas, que por lo general trataban siempre de fallecimientos. Sus cartas
nunca hablaban de la muerte de Juana. Él sabía que yo no la había matado, pero
las sospechas recaían sobre mí. Habíamos discutido en público el día anterior a
su asesinato.
Hoy a mis setenta años, he vuelto a mi
pueblo. Aunque reformado el bar, Atilano aún seguía allí.
En la barra me tenía mi copa de
aguardiente.
- ¿Cómo van los fréjoles, Raimundo?. Me
volvió a decir.
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